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LOS OPTIMISTAS, LA GENTE MÁS EXTRAÑA DEL MUNDO

En esencia todo está bien, el orden existe, y estamos llenos de luz. Pero el mundo está cubierto de densidad, la cual oculta ese orden. Por eso, en nuestra vida cotidiana, la densidad nos quiere atrapar, haciéndonos creer que el mundo es cruel y que la felicidad solo existe para algunos. Pero escoger la luz siempre está en nuestras manos. A continuación, la historia de Enrique, alguien que deja el círculo vicioso de lo negativo para escoger la vida que siempre ha soñado.

*

Era un día nublado y frío del invierno limeño. Me había levantado temprano para ir al trabajo. Mientras me cepillaba y miraba mis ojos en el espejo, fue que sucedió. No lo podría explicar, ni describir. Era una especie de alegría. Un optimismo extraño para mi personalidad de ese entonces —era un tipo que se quejaba mucho de la crisis económica, y de problemas con mi pareja—. Ese día había prendido la terma y no funcionaba. Pero no me quejé. Al contrario, me sentí agradecido porque el agua fría me revitalizaba. Era una actitud que a mí mismo me sorprendía. Luego, cuando entré en mi carro, este no arrancaba. Por más que intentaba el motor no respondía. Pero tampoco me quejé. Salí y tomé una combi. Como es lo usual, el conductor manejaba como en una carrera de autos. Poco parecía importarle la comodidad de los pasajeros. Por mi falta de costumbre —no había subido a una combi en muchos años— en una de las frenadas me caí al suelo. Normalmente, me hubiera enfurecido, pero no, agradecí a una universitaria que me tendió una mano, y su sonrisa me reconfortó. Al bajar, caminando las cinco cuadras que me separaban de mi oficina, traté de procesar qué era lo que estaba pasando en mi cabeza. Traté de entender por qué me sentía tan contento. Cuando llegué al trabajo pasó algo que venía temiendo por meses, pero que ese día en especial, no me afectó en lo más mínimo. Por la situación económica, la gerencia había decidido hacer recortes de personal. Yo estaba en la lista de los primeros en ser despedidos, según un comunicado encima de mi escritorio. Pero el optimismo extraño no me abandonó. Imaginé que quizás, era el momento de trabajar en otra cosa, en algo más estimulante. Salí de la oficina con paso decidido, con una sonrisa tranquila. Escuché a alguien murmurar: ¿Qué le pasa a ese loco que camina tan alegre cuando lo han despedido? ¡Qué tipo más extraño!

Al regresar a casa llamé a mi pareja —con la que tenía grandes discusiones, razón por la cual habíamos decidido separarnos un tiempo— y le dije que quería invitarla a una cena especial. Ella se quedó un poco sorprendida, y aceptó. Esa noche, bajo la luz de velas románticas, teniendo como fondo una dulce melodía de piano, y contemplando lo hermosa que era, solté la frase: Me han despedido del trabajo. Como mi humor era muy bueno, ella se quedó un poco consternada. «¿Y estás así de tranquilo?», me dijo. Contesté que era lo mejor que me había pasado, pues estaba en un trabajo que no me satisfacía a nivel interior. Y que por eso, para celebrar, la había invitado a comer. «Pero Enrique, ¿qué piensas hacer ahora?», replicó sin salir de su asombro. «Voy a estudiar repostería», le dije. «Siempre me ha gustado hacer postres. Y sé que si me esfuerzo, lograré hacer dinero con eso». Ella no pudo evitar reírse, tapándose la boca con la mano, pues su carcajada era algo estruendosa. Esa noche volvimos a conversar como en nuestros primeros meses de enamorados. Resolvimos algunos temas en los que estábamos enredados por meses. Hablamos de nuestras virtudes y defectos, de las formas en que podíamos resolver nuestra situación. Volvimos a ser una pareja unida al día siguiente. Y yo empecé a practicar, con el recetario de mi abuela, a hacer postres limeños como los que ella preparaba cuando yo era niño.

Nuestra empresa de postres fue creciendo con un gran esfuerzo de los dos. Ella la administraba, y yo me encargaba de hacer los postres. Pero justo cuando estábamos recuperando la inversión, después de un par de años bien trabajados, nos robaron una camioneta que usábamos para servicios de catering. Lo peor de todo es que el seguro había vencido un par de semanas antes. «¡Qué mala suerte!», me dijo mientras hacíamos la denuncia en la comisaría. «Justo cuando íbamos a renovar el seguro», añadió. Entonces, como una fuerza extraña que se apoderó de mis pensamientos y mi voluntad, el “extraño optimismo” empezó a generar ideas en mi cabeza. Cuando volvimos a casa, le dije que el robo era lo mejor que nos había pasado. Que era una señal de que estábamos demasiado concentrados en hacer dinero, dejando olvidada nuestra relación. Le propuse hacer un viaje a la selva, para renovar energías y regresar con fuerza al trabajo. Ella se alteró un poco por mi actitud. «Pero Enrique, ¿acaso te alegra que hayamos perdido los miles de dólares que nos costó la camioneta?», me dijo con el ceño fruncido. Yo respondí: «No me alegra el robo. Pero me alegra que tú y yo estemos bien, me alegra saber que seguimos juntos, me alegra que todavía tengamos ahorros para recuperarnos, me alegra haberme dado cuenta de que necesitamos este viaje, me alegra haber escogido mi verdadera vocación, los postres. Me alegran tantas cosas, que siento que es el mejor momento de nuestras vidas». Ella me miró con un gesto de extrañeza. Yo no sabía si quería darme un abrazo o meterme un puñete. Salimos a caminar por un parque y, ante mi insistencia, fuimos programando el viaje. Como lo esperaba, fue una experiencia inolvidable. Alejados de la ciudad, en contacto con la naturaleza, pudimos reafirmarnos como pareja. Al regresar, volvimos con más fuerza y con el paso de los meses, nuestros clientes se fueron multiplicando.

Pasaron los años, la situación económica en el Perú mejoró y apareció el boom gastronómico. Nuestra tienda de postres se volvió un referente importante de la repostería peruana; empecé a dar entrevistas en periódicos y programas de televisión. Y aunque han pasado los años, todavía no logro explicarme cómo apareció ese “extraño optimismo” que entró en mí, mientras me cepillaba frente al espejo. Muchas veces me he puesto a pensar sobre lo que hubiera pasado si esa magia interior no hubiera nacido en mí, precisamente ese día en que me despidieron. Quizás me hubiera entristecido, buscando algún trabajo parecido a aquel que me esclavizaba. O quizás me hubiera separado definitivamente de mi actual esposa, enfrascándome en relaciones pasajeras, que me habrían convertido en un ser amargado y lleno de resentimiento.

Ahora me dicen “el mago de los postres”, como si tuviera un don especial, pero no lo creo. Estoy convencido de que la “magia”, ese “extraño optimismo” que apliqué en mi vida, es algo que todos llevamos dentro. En verdad, es algo tan sencillo, que me cuesta creer cómo no lo apliqué desde que era un niño. Muchas personas que conocían mi situación anterior, me piden que les dé el secreto de mi éxito. Yo les respondo que no hay ningún secreto, que lo que yo apliqué para cambiar es algo que todos tenemos dentro. El “extraño optimismo” no es tan extraño en verdad. Solo hay que escoger usarlo, y las cosas buenas responderán a ese llamado, y marcharán hacia nuestro encuentro de las maneras más inesperadas.

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